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¿Para qué sirven el latín y el griego?

Por carloscabanillas - 20 de Noviembre, 2005, 18:03, Categoría: Cultura Clásica


Parece que en los últimos tiempos se reaviva la eterna polémica de la utilidad de las lenguas clásicas. Leo un artículo de Juan Carlos Iglesias (thanks, s.w.) en el Periódico Extremadura (16-11-05) sobre el tema. Es una pelea que me cansa y hastía, de tan vieja y manida. De hecho, en mis clases de 1º de Bachillerato siempre zanjo la cuestión advirtiendo que el latín y el griego no sirven para nada.

La disputa, como señala Adrados en este artículo titulado "El griego y el latín, ¿lenguas muertas?", puede comenzar en la conocida querella de antiguos y modernos, que tuvo lugar en los siglos XVII y XVIII y que tan bien relata Highet en La Tradición Clásica (México, FCE, 1996), cuya cuestión fundamental era la pertinencia de que los escritores modernos imitasen a los grandes autores griegos y latinos. Los pensadores se dividieron en dos bandos: antiguos y modernos, esto es, tradición y modernidad, autoridad y originalidad. Y ahí seguimos hoy.

De lo que últimamente he leído al respecto, me han gustado especialmente algunos párrafos de un artículo de Antonio Arbea (Onomazein No. 4. Santiago, Instituto de Letras, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1999 pp. 371-379.), titulado "¿Por qué estudiamos latín?" Destaco algunos de sus párrafos (las negritas son mías):

Detrás de la infundada opinión de que el latín enseña a pensar, yo veo dos responsables: por una parte, los propios latinistas, quienes, teniendo ya aprendido su latín, le buscan, con más pasión que lucidez, un para qué, exagerando sus virtudes y cayendo así en el corriente error de considerar que lo que uno hace es más importante que lo que hacen los demás; y por otra, algunos que, sabiendo poco o nada de latín, adoptan, desde afuera, una actitud casi fetichista frente a esta lengua —prestigiosa, claro está, pero nada más—, y le asignan a su conocimiento efectos que no tiene.

Digamos, desde ya, que si el latín tiene alguna utilidad práctica, no es ciertamente en ella donde reside la importancia de estudiarlo. A propósito de esta preocupación, hoy tan frecuente, por la utilidad práctica —preocupación que invade últimamente con cierta frecuencia incluso a la propia universidad, pervirtiendo sus tareas más esenciales, por principio desinteresadas—; a propósito, digo, de este prurito practicista, que impulsa a preguntar por la utilidad práctica de todo, incluido el latín, resulta pertinente recordar lo que en cierta ocasión le dijo Unamuno a un ingeniero, muy practicista también él, en el momento en que iba —el ingeniero— a tomar un tranvía para dirigirse a escuchar un concierto: «Dígame, amigo: ¿cuál de las dos cosas es más práctica: el tranvía que lo lleva al concierto, o el concierto mismo?»

El interés por el estudio del latín se funda en que esta lengua es portadora de una cultura y una civilización que llegan mucho más acá de lo que conocemos como antigüedad grecolatina. Cualquier indagación profunda en las ciencias y, especialmente, en las humanidades remite indefectiblemente a la cultura clásica y patentiza nuestros vínculos con ella. Lo que sucede, sí, es que el sentimiento de nuestra dependencia del pasado se ha ido paulatinamente eclipsando, en la misma medida en que hemos ido haciendo nuestro el legado de la tradición. La concepción corriente de que el pasado está muerto nos oculta su influencia multiforme sobre el presente, influencia que se manifiesta no sólo en lo que sobrevive —que es mucho más que lo que comúnmente se cree—, sino también en lo que a cada momento resucita bajo más o menos nuevas formas.

Mi punto de vista en torno a este asunto transita por dos ejes: 1: ut supra dixi, el latín no sirve para nada; y 2: sin conocer las lenguas clásicas no se puede conocer con fundamento la cultura occidental.

Que el latín no sirve para nada -entendiendo por este servicio un rendimiento inmediato y práctico derivado de su conocimiento-, es evidente si vemos que los que nos dedicamos a él no somos precisamente los profesionales que gocemos de mayor prestigio social y económico, y que la mayoría de la gente desarrolla su vida personal y laboral sin tener ni pajolera idea de la lengua latina y sin echarla de menos en absoluto.

Que no se puede conocer con profundidad la cultura occidental sin saber latín y griego, es algo tan evidente que no necesita demostración. Nuestra forma de pensar no es más que tradición clásica. Y esto no quiere decir que todo el que sepa latín y griego sea un intérprete autorizado de la realidad, sino simplemente que ha adquirido las bases para poder serlo: ahora sólo le falta ponerse a estudiar.

¿Cómo afecta esto, en mi  opinión, a los planes de enseñanza? Dentro de nuestro actual sistema educativo, yo distinguiría tres niveles en lo que a la cultura clásica se refiere:
  1. Educación Secundaria Obligatoria: todos los alumnos deben tener conocimiento de la cultura clásica. Aquí no hay intereses gremiales ni nada por el estilo: se trata de pura coherencia histórica, y el que no lo quiera ver, que no lo vea. No pretendo que los alumnos de 3º y 4º de E.S.O. estudien latín y griego, sino que puedan reconocer su tradición cultural: por qué escribimos así, por qué pensamos así, por qué nos gobernamos así.
  2. Bachillerato: todos los alumnos de Humanidades deben estudiar latín, y me atrevería a decir que no sólo los de Humanidades. Los años de latín en el Bachillerato de Humanidades tienen que servir para iniciarse en el conocimiento de la lengua, lo que les permitirá en los estudios universitarios dedicarse a la interpretación de los textos, que debe ser la tarea fundamental del filólogo. Pero, ¿cuántas veces hemos oído decir a alumnos que han cursado un bachillerato científico y estudian en su Facultad Medicina o Química o lo que sea, lo mucho que echan de menos haber aprendido algo de latín?
  3. Enseñanza Universitaria: todos los estudiantes de cualquier filología y disciplinas humanísticas deben conocer la lengua latina. Estamos en el nivel más alto del sistema educativo, donde se forman los profesionales de cada disciplina. Aquí no se puede andar uno con tonterías: la exigencia debe ser máxima. Y ya me dirán cómo se pueden interpretar textos de cualquier literatura sin conocer la literatura clásica, y cómo se puede conocer la literatura clásica sin saber latín y griego.
Que conste que no escribo esto con ningún afán proselitista; no es más que una reflexión dominical. Como ya dije en otra ocasión: ¿estriptis o cultura clásica?, que cada cual decida. Y disculpen la extensión, praeter consuetudinem, de esta entrada.

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